domingo, 30 de marzo de 2008

BIENAVENTURADOS



Son las bendiciones de Jesús, que hoy día resuenan fuertes como sonido de campanas, y penetran como flechas en la armadura de la historia; Aquella parte que se hace fuerte para no dejar penetrar los dardos de las voces que se alzan en clamor, por aquellos rostros perdidos de nuestra patria.

Bienaventurados.

Bienaventurados hoy día, aquellos hombres y mujeres que cargando con un niño en brazos y arrastrando mas que con sus enseres, arrastran toda una marga tragicomedia que mata el alma, por culpa de aquellos que roban los sueños y matan las ganas de echar raíces en un suelo paterno, obligándolos como “perros moribundos” a refugiarse donde no solo sentirán algunas veces “alegría” por estar alejados de una u otra manera de la guerra, sino que también sentirán la nostalgia de no estar en sus tierras preñadas de ilusiones y de haber perdido un lugar en el mundo.

Bienaventurados aquellos jóvenes y niños que por culpa de la guerra, llámese como se quiera llamar, se ven obligados a vagar sin sentido en medio de una jungla de odio y miseria que solo les ofrece la muerte lenta y su mas alto grado de amistad corrupta reflejada en las drogas y en cada mala pasada que les juegue la vida.

Bienaventuradas aquellas familias y por tanto sus hijas e hijos privados del más alto don que Dios misericordioso nos ha regalado, esa libertad que se expresa en el amor fraterno y la búsqueda de la felicidad común, un alto rango que no se consigue a la vuelta de la esquina, ni muchos menos pagando con el dinero del egoísmo.

Una que nos fue regalada desde nuestro primer aliento de vida, pero que aquellos nuestros propios hermanos la manchan con la cobardía estúpida de no saber ofrecer amor genuino y por eso dejarse manchar con la sangre del rencor humano, aunque no sea este ultimo fermento de misericordia cristiana.

Bienaventurados aquellos hijos e hijas de nuestros pueblos que sufren en carne propia el vaivén de los fusiles y día y noche se ven obligados a escuchar el repugnante sonido del fuego a quema ropa, ese que desangra al instante y calcina hasta el último nervio humano al ser abrazado por la muerte, y bienaventurado aquel que se ve envestido por la hermana muerte, por caminar en su suelo de encantos y ser por “desgracia” solo un hombre civil que paga los platos rotos de lo absurdo y lo in-imaginable.

Bienaventurados todos aquellos que aun habiendo pasado mas de un tiempo llámese “considerable” siguen escuchando desde los metros bajo tierra las voces melancólicas de sus madres y parientes, que a una sola voz expresan con su llanto la furia ante una sociedad que deja impune el asesinato de sus hijos amados y olivados, y por la maldad sin corazón de aquellos “también” hijos, que borran a sus propios hermanos de un territorio que sin reparos a todos cobija con su manto maternal.

Bienaventurados aquellos y aquellas niñ@s que aun sin conocer el mundo efímero, la luz que acapara la eternidad temporal y la brisa que rosa el rostro humano, no han conocido más que el vientre maternal que a demás de ser refugio natural y divino para fabricar amor, también lo convierten, y no es que sea maquina de destrucción masiva que acaba con la semilla de una nueva flor que viene destinada para embellecer el jardín de Dios y bienaventurados todas y todos los que por alguna u otra causa, se hayan visto enlutados por la sangre que corre por nuestros campos verdes de América y que han sido olvidados, por el hecho de no ser rostros con nombres excelsos y vidas de epopeya.

Bienaventurados aquellos que trabajan por la paz y se dona día a día para transformar nuestra historia.



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